Sobre cómo ha sido mi experiencia de ser miembro de un jurado...

... y para un premio importante, ahí queda eso, el Joaquim Ruyra.

Que es este señor. 
Escritorazo de esos de reclinatorio y bigote que nunca tendré.

¿Cómo fué?
Nos tenemos que remontar a hace un tiempo.
El reino de Pruisa ya no es más que un agradable recuerdo, Elvis ha sido visto de nuevo en el Carrefour del polígono de Igualada y Claudia del Moral empieza a recomponer los fragmentos de su corazón roto por ese engendro lleno de pústulas supurantes y cantarinas que es Diógenes.

Así que canta Musa los cuidados y deberes de un atractivo jovenzuelo de más de treinta, pero menos de setecientos que a lo largo de los años ha fingido muy bien eso de tener criterio como lector y cuyo secreto es utilizar palabras largas y frases con muchas comas y expresiones como "una novela ornitológicamente conceptualista".

Una mañana de, no sé, ¿martes? de ¿julio?, me llaman desde la editorial La Galera por si me apetece ser miembro del jurado del próximo premio Joaquim Ruyra.
¿Y eso?
¿Por qué yo?
¿Cómo habéis conseguido mi teléfono?
¿Me estáis espiando?
¿En realidad mi vida es un programa de televisión muy aburrido o un experimento de una célula radical nazi?
A lo que me respondieron.
No.
Martín Piñol te ha recomendado.
Hemos llamado a la librería.
No.
¿Tomas algún tipo de medicación?

Después de pensármelo unos segundos porque me gusta hacerme de rogar y recibiendo a cambio solo silencio, dije sí. Un sí de esos que suenan molones porque, a ver, esto de los premios literarios ya sabemos todos como va. No lees nada y al poco se recibe un sobre con cien mil euros por tu silencio y la novela ganadora es la que Los Que Moran En Las Sombras de La Galera deciden que sea. Ya se sabe, todo está amañado y no hay nada de cierto en eso de jurados leyendo, deliberando, peleando...

Mentira.
Mentira pustulenta y podrida.

Porque lo que yo imaginaba que serían unas vacaciones en el Caribe fingiendo leer se convirtó en dos meses de lecturas frenéticas. Ya puedo decir que al menos existe un premio donde el jurado tiene que leerse todos los manuscritos. Nada de presiones, nada de sobornos, nada de sentirse utilizado o un engranaje más del monstruo editorial. Nada de pasta pasada en un sobre por debajo de la mesa. Nada de una visita a medianoche de "unos amigos de un amigo" que preguntan si estoy seguro de ese voto y si quiero volver a ver mi edición limitada de La niebla de Carpentr y mi colección completa de Buffy Cazavampiros, serie y cómics.

 Lo que sea, haré lo que sea, pero no me quitéis a Buffy.

Nada.

Dieciséis novelas juveniles que optan al panteón del Ruyra. Así que ya me podéis imaginar esperando un sobre con pasta a cambio de mi silencio y a cambio recibo un mail con un enlace con dieciséis pdfs (¿o es pedeefes?). Una lástima que lo del soborno no llegará a buen puerto... con lo fácilmente corruptible que soy.

Total que a leer.
Dos meses, dieciséis manuscritos.
En pdf.
Y con un libro electrónico del pleistoceo tecnológico que modificaba fuentes, impedía hacer más grande la letra y tenía una resolución de pantalla que este pobre, pero atractivo miope (¿o es lo otro?) se dejó medía vista intentando leer todo aquello.
¿Y qué tal? Bueeeeeeeno. El nivel general, justito tirando a flojo.
¿La cordura? Perdida. Pero, bueno, después de tanto rol tampoco tenía mucha.
Leía los manuscritos de lunes a viernes y con la intención de que acabaría todas las novelas (no lo conseguí en algunas... todo tiene su límite) y el fin de semana descansaba leyendo lo que quería. Fue extenuante, agotador y por momentos frustrante.
Pero una experiencia muy interesante.
El jurado lo tuvimos muy fácil porque entre todas destacaba con fuerza la que sería la ganadora.


Entre tanta novela del subgénero "adolescentes en crisis que lo pasan mal en las discotecas" y "adolescentes en plena eferbescencia sexual descubren un verano que lo cambia todo lo que le pasó a su abuelo en la guerra civil", encontrar una novela de fantasía urbana repleta de zombis, vampiros, ángeles cabrones, puntito de gore, canibalismo, fantasmas, aventuras... El oasis. Y encima bien escrita, con ritmo y gracia, con humor negro y sin mensaje moralista sobre lo malas que son las drogas.
Próximamente haré una reseña completa de Negorith y me pondré pesado con lo buena que es. Antes tengo que releerla en papel.

¿Y la deliberación?
Fácil y rápida. Tres segundos. Todos teníamos claro quién tenía que ganar.
Así que los compañeros del jurado se ahorraron verme en bikini y hacer estiramientos por si la la mañana tenía que acabar en el siempre noble arte de la lucha en el barro. Y por si todo esto fuera poco, conocí a gente encantadora del mundo del libro; buenos compañeros de jurado a los que prometí que no mencionaría porque... bueno... tras la deliberación pasó... bueno... aquello (así que Piño, Laia, Cristina y Raquel, ya podéis respirar. No mencionaré vuestros nombres para nada).

Porque si una cosa es una constante en mi vida son los intentos de secuestro a manos de ninja nazis comunistas con conocimientos suficientes de biología para mantener una conversación más que amena que quieren abrir un portal dimensional para dejar entrar a Aquellos Que Tienen Más Tentáculos De Los Necesarios y hacer lo de siempre, ya sabéis, conquistar el mundo y someter a las masas y prohibir la música chumba chumba esa que pone la cabeza así que dices, joooder, para ya, ¿no? y, bueno, que este punto tampoco está mal, pero con lo del genocidio pues que es una idea que me cuesta.

 Vamos, lo típico.

Total, un jaleo.
Ninjas por un lado, tentáculos por otro, el postre que no llega, que si Laia descubre sus poderes pirotécnicos y con un tenedor y un poco de chicle te hace un rompetochos revienta botellas que lo flipas, que si Cristina pega un silbido y llama a su ejercito de gatetes sesinos de to lo que se mueve, que si Raquel empezó que si jia, hua, ya y nos quedamos todos uala qué fuerte y ¿cómo puede utilizar una pared como arma arrojadiza +5 si no la ha movido del sitio? Que si Martín Piñol y un servidor de ústedes hicieron la fusión gordifriki definitiva que no aportó gran cosa a la lucha, pero sirvió para aturdir a los ninja con datos sobre las Tortuga Ídem, Michael J. Fox y Mad Doctors. Que si Iolanda y la Fernandez, Las Galera Girl Power, empezaron a editar hostias como panes, reclamar patadas voladoras revienta glóbulos, acompañar a los ninja a sus mesas y que firmen ejemplares con masa cerebral y vísceras, negociando finalmente la rendición de los ninja. Que si...

Bueno, lo de todos los jurados que deliberan en una sala.
 Aunque creo que en el premi Sant Jordi hubo menos purpurina.

Total, que bien.
Y sí, ya lo sé, es una crónica superficial que no entra a fondo en las entrañas del cotilleo y los secretos que harían temblar el mundillo editorial que en la comida se desvelaron, pero todo eso me lo guardo para cuando escriba mi autobiografía Yo no he sido. Memorias de un viajero del tiempo que espió demasiado en Filipinas y se hizo librero.

Comentarios

  1. Me ha encantado la crónica. Así me gusta leerte, con tu humor y tu buen rollo. Tiene que ser muy gratificante encontrar un buen manuscrito después de semejante paliza de lecturas mediocres (y lo bien que te lo estarás pasando recomendando la novela ahora). La editorial hizo muy bien en contar contigo.

    ResponderEliminar
  2. Genial, como siempre. Una crónica con humor y locura xD

    ResponderEliminar
  3. Pues hacen bien en hacerte sufrir. Por lo que me contaste, pensé que todas serian horribles y no había ni una buena. Me alegra escuchar que hubo una excepción.

    ResponderEliminar
  4. Menos mal que encontrastéis un oasis, jejeje, ninjas aparte, no eres tan fácil de sobornar como dices, jejeje. Me ha encantado que nos metas en harina y con el gustillo ácido socarrón que te caracteriza, honorable librero.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  5. Genial!
    Eres mi nuevo héroe otra vez.

    ResponderEliminar
  6. ¡Qué gran crónica y qué buena experiencia!
    (Estaré atenta a esa autobiografía ;))

    ResponderEliminar

Publicar un comentario