jueves, 2 de mayo de 2013

"Seguros mortales" de Claudia del Moral. Cuarta entrega

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Durante el viaje en taxi sólo podía pensar en el momento de llegar a casa, quitarme la ropa, desviar la mirada de la vergüenza que tenía por entrepierna y relajarme en el cálido abrazo que da un baño de espuma. Una buena cena, un poco de música, quizá una película romántica. No sobre agentes de seguro, no sabía por qué, pero no me apetecía. Quizá sobre agrimensores o farmacéuticos. Algo trepidante y exótico. Pero ahora, ante esa boca abierta y oscura que era la puerta de mi hogar me sentía indefensa y con un pecho demasiado grande.
Había alguien dentro de mi casa.
Alguien que no era yo porque aunque estaba dentro, en verdad estaba casi fuera.
¿Pero quién? Desde que había vuelto a Contrades de mi periplo por el mundo vivía sola en la enorme casa de mi abuela. Me gustaba disponer de aquel viejo caserón para mi sola y perderme entre sus largos pasillos, jugar al escondite con mi sombra entre las estatuas ecuestres de la biblioteca o descender a buscar una botella de vino sin alcohol a la cripta. Y aunque a veces el silencio de mi hogar combinado con los documentales de asesinos en serie y tramperos me podía inquietar, me gustaba la soledad. Nadie tenía que soportarme. Pero ahora deseaba que alguien viviera conmigo o que alguien se preocupara por mi.
¿Quién podía estar dentro? ¿Un asesino? ¿Un violador? ¿Un caníbal fugado de algún circo?
El miedo crecía dentro de mi abultado pecho y todos mis instintos me decían que saliera corriendo, que buscara ayuda y me colgara cual bolso masculino de los fuertes brazos de Vik... ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué pensaba semejante tontería? Este tal Viktor no me resultaba atractivo. Ni siquiera recordaba el color miel de sus ojos, su amplio pecho, sus rasgos duros que invitaban a suavizar a base de caricias y besos, sus dedos largos, anchos, fuertes, duros o esas nalgas donde una podría partirse la cabeza por una mala caída. No pensaba en él ni sentía el pecho bullir de calor.
Un ruido emergió de mi hogar. Una especia de carraspeo que recordaba a una tos mal disimulada. Eso, o los cimientos estaban asentándose.
Concéntrate, Derrota. Alguien ha entrado sin permiso en tu casa y seguro que Viktor no está pensando en ti. Suspiré y me concentré en mi cometido olvidando su dulce nombre y al perro que había ido a morir con el cuello cercenado en el felpudo de la entrada. Pobrecito, ¿cómo podía habérselo hecho? ¿Con una alambrada? ¿Jugando con un cuchillo? O quizá... no, eso no.
Aparte todo fúnebre pensamiento de mi mente y di un paso al interior. No iba a consentir que un payaso resentido con el mundo armado con un hacha me asustara en mi propia casa. Podía ser un fracaso como mujer y ayudante de taxidermista, pero nadie me podía llamar cobarde. Hurgué en mi bolso y agarré la vieja lima de uñas que me regaló mi abuela el día en que encontré su botella de vodka favorita como si fuera un cuchillo y di otro paso. No pasó nada. Quizá solo eran imaginaciones mías. Cosas típicas de mujeres que viven solas sin un hombre que las proteja. Un paso más. Otro paso.
La puerta de la entrada se cerró de un golpe.
Un olor fétido a carne podrida y vestuario masculino me golpeó en la cara.
Y una manos calientes y húmedas como el calcetín de un adolescente me empezaron a acariciar las nalgas e iniciaron el camino que conducía a mis pechos y mi cuello.
- Vaya, vaya - una voz grave jadeó en mi oreja mientras su entrepierna se frotaba contra una parte de mi cuerpo que solo podía tocar cierto tipo de papel muy especializado y del que una señorita no habla-. Me habían dicho que eras una muchacha muy jugosa, pero no me imaginaba hasta que punto. Me muero de ganas de escurrirte en mi boca y beberte.
- No me haga daño, por favor. Le daré todo el dinero que tengo y todos los objetos de valor.
- Sí te haré daño. Mucho daño. Me pagan para eso. Para hacerte daño, arrancarte el corazón y las vísceras y luego matarte.
¿Había dicho que le pagaban? ¿Quién querría hacerme daño?
- Pero antes de arrancarte los brazos y hacértelos tragar, me voy a divertir un poco y explorar qué placeres puede darme una humana. A parte de calmar mi sed, claro.
Se apretó más a mí y sentí su duricía intentando taladrar mis pantalones. Dominada por el pánico apreté la lima en mi mano y recordé las palabras de mi maestro de lucha budista en el barro que me acogió en su comunidad cuando estudiada arte precolombino en Bangkok.
Utiliza tu belleza como un arma. Clava, aprieta, retuerce y sonríe. El barro es parte de ti. Recuerdalo siempre. Ahora ajústate el tanga y haz que esa guarra se trague sus dientes.
No tenía belleza, pero sí una lima de uñas.
Con un movimiento enérgico clavé la lima en su pierna. Sus gritos atronaron mis oídos. La retorcí y cuando sentí que me liberaba de su lascivo abrazo me separé de él. Tiré de la lima, me di la vuelta y volví a clavarla a la altura de donde supuse que estaba su rostro. La lima encontró una pequeña resistencia  pero enseguida ésta cedió y mi improvisada arma se hundió. Un líquido viscoso y cálido resbaló por mi mano.
- ¡Hija de perra! ¡Zorra! ¡Mi ojo preferido!
Saqué la lima de su ojo y corrí hacía la entrada. Abrí la puerta y salí al abrazo de la noche. En mi huida pisé sin querer el cadáver del perro.
Adiós a mis zapatos favoritos.

Corrí y corrí con las dos piernas como nunca. A mi espalada oí un grito de dolor y rabia y una voz rota que gritaba mi nombre y prometía producirme el mayor dolor que una zorra como yo podía soportar. Y el ruido de alguien que había emprendido una persecución. ¿Qué pasaba en mi vida? ¿En qué se había convertido? En un par de días, mi aburrida y tranquila existencia se había convertido en una cruel parodia de cualquier novela de vampiros que devoraba mi abuela entre tragos de mezcal y quejas de que ya no había no muertos como aquellos. Detrás de mi oía sus pasos cada vez más rápido y más cerca.
¿Dónde podía ir? La casa de mi abuela estaba aislada del pueblo. Entonces recordé una cabaña al otro lado del lago donde vivía el bueno de Fred, mi vecino más cercano y el único amigo que había tenido mi nanny. Era un buen hombre que rondaba los setenta, pero que aun podía presumir de cierto espíritu juvenil al conservar todos sus dientes de leche. Le gustaba vestirse de cuero, conducir una vieja scooter restaurada e ir de caza a los bingos de moda. Claro que todo esto fue antes de que explotara su laboratorio de metanfetaminas infantiles y se volviera algo excéntrico. Hacía años que no salía de su casa. No quería ver a nadie y se alimentaba de los topos que saqueaban su huerto urbano en pleno campo. Corrí recordando aquellos dorados días de instituto en los que competía en marcha atlética y forcé mi cuerpo. Por suerte conocía aquel bosque como la palma de mi mano lo que me dio una ventaja sobre mi perseguidor.
Tras unos minutos de carrera vi a lo lejos la pequeña cabaña de Fred. Y me permití una sonrisa al ver la ventana iluminada. Llamé a su puerta. Era mi única oportunidad. A pesar de su herida en la pierna, mi asaltante estaba cada vez más cerca.
- Fred, por favor. ¡Fred!
Silencio. Golpeé con fuerza con mis puños.
- ¡Fred! ¡Ayuda!
- ¿Quién llama a estas horas a la puerta de un pobre viejo?
- Yo, Fred.
- No sé quién eres. Déjame.
- Por favor, Fred. Por favor -. Volví a golpear la puerta mientras empezaba a oir la respiración de mi perseguidor.
- Te advierto, desconocida, que tengo un perro armado aquí dentro. Es un asesino y le encanta comer jovencitas que molestan a viejos que esperan la muerte viendo vídeos de aeróbic. Guau, guau, guau.
- Por favor, soy yo. Me conoces. Recuerda. Soy yo.
- ¡Arma tus misiles, Sandoval, perrito bueno! Chic-chic. Te está apuntando a la cabeza, niña. Déjame solo con mis recuerdos y mis bebidas isotónicas.
- Fred. ¿No me digas que no me conoces? Soy Derrota, la nieta de tu buena amiga Cansancio.
- ¿Cansancio?
- ¿Te acuerdas de ella? Siempre te llamaba viejo bobo y te disparaba con su escopeta de perdigones.
- Cansancio... ¿Por qué no lo has dicho antes, niña?
Abrió la puerta y entré en su casa.
- Cierre, Fred. Por favor, cierre.
- ¿Qué pasa, niña?
Una figura con la cara ensangrentada se cernió sobre el porche.
- ¡Cierre!
Fred cerró la puerta con la puerta con llave.
- ¿Dónde está su perro, Fred? Diga que venga y que dispare sus misiles.
Golpes y más golpes. Gritos. Chillidos.
- No hay tal perro, niña. ¿Qué sucedes? Voy a llamar a la policía.
- No - dije -. A la policia, no. ¿Qué podríamos decirles?
- ¿Qué un loco nos está atacando?
- No, por favor.
Pero no me hizo caso. El ruido que hacía mi atacante en el exterior era ensordecedor y Fred tuvo que alzar la voz para hacerse oír.
- Sí, un pirado está golpeando mi puerta. Según parece estaba persiguiendo a Derrota... sí, la nieta de Cansancio... sí... parece que sí... muy guapa, en efecto.
Viejo loco, pensé.
Colgó.
- Ahora envían a alguien.
- ¿A quién?
- A Álex, creo.
- Álex...
- ¿En qué lío te has metido, niña?
- No lo sé.
Los golpes cesaron de repente. Nos miramos. Quizá todo había acabado y no era más que un susto o una broma de mal gusto. Fred me sonrió y abrió los brazos.
- Ya ha pasado todo, niña.
Me acerqué a él. Necesitaba un abrazo y una sonrisa.
Una de las ventanas estalló y una piedra me golpeó en la cabeza. Los vidrios volaron por la estancia y sajaron parte de la cabeza de Fred. Su viejo y amable rostro estalló como un tomate y salpicó de sangre sus fotos de joven, las paredes y mi rostro. Parte de su cabeza se separó y largos mechos de cerebro se deslizaron por su cara como las lágrimas de un joven amante despechado. El cuerpo de Fred cayó al suelo y empezó a morir mientras entre mis temblorosas manos sostenía parte de su cabeza. La acuné entre mis brazos como si fuera una muñeca y caí de rodillas al suelo. Estallé en sollozos. ¿Por qué me estaba pasando todo esto?
El sonido de una sirena de policía rompió la noche.
- ¡Derrota Hawkins! - esa voz que había aprendido a temer y odiar -. Esto no ha acabado aquí. Volveremos a vernos.
Oí unos pasos que se alejaban dejándome sola en medio de un charco de sangre con el cadáver del bueno de Fred y con la sensación de que mi vida se había metamorfoseado en otra cosa y que esta cosa no era una silla.
Un coche frenó en la calle.
- ¡Hola! - dijo una voz que conocía muy bien -. ¿Derrota, estás bien?
Era Álex. Mi buen amigo Álex. El gordito, torpe y gafotas de Álex que solía quedarse los sábados por la noche en mi casa y que me dejaba hacerle trenzas y fingir que era la hermana pequeña que siempre había querido tener. Necesitaba tanto volver a aquellos buenos tiempos. No lo había visto desde mi regreso a Contrades. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que una mezcla de vergüenza, pudor y respeto por un pasado que creía perfecto.
Pero el hombre que abrió la puerta de una patada no era el Álex que recordaba. Había dejado de ser el chico tímido al que los profesores llamaban barrilete para convertirse en un apuesto muchacho con espalda de nadador y rasgos duros, pero suaves que recordaban las estatuas que ayudé a restaurar en Grecia.
- ¿Qué ha pasado Derrota? - y una pequeña sonrisa afloró en sus labios.
- No lo sé -. Y era curioso porque a pesar de la sangre y su olor metálico, del miedo,  de los efluvios que habían manchado mis bragas, solo podía pensar si Álex querría seguir siendo mi amigo tras verme tan despeinada.

CONTINUARÁ...

13 comentarios:

  1. Jejeje, reboce, un lindo ojo menos y un nuevo tiarrón, esto mejora y mejora ^^
    sufriré la incertidumbre hasta la siguiente entrega.
    besotes mil! :)

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    1. La trama se complica más y más. Alex entra en escena. Nuevos personajes, nuevos sentimientos y violencia.

      Esto va a ser un sin vivir y no estáis preparados para tantas sorpresas.

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  2. Qué grande es Claudia, he releído lo anterior del tirón para ponerme al día. Estupendo capítulo como siempre, ¡quedamos a la espera de más! Tiene que sacar una novela un día.

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    1. ¿Leerse todo "Seguros mortales" de un tirón? ¿Estás bien? ¿No has sufrido ningún derrame? Te admiro profundamente.

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  3. He quedado maravillada con esta entrega de Seguros Mortales. Lo que me pregunto es ¿Dónde esta Viktor?; quiero que Alex me pase su dieta XD y creo que por más malo que sea un villano es inconcebible que pierda su ojo favorito.

    Quedo en espera del siguiente capitulo, la tensión empieza a aumentar y a mi ya no me quedan uñas que morder (>_<).

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    1. Vendrán más maravillas y convertirás tus dedos en muñones. En la próxima entrega, ya te lo adelanto, enfrentamiento de Alex vs. Viktor. Saltarán chispas y meadas marcando territorio.

      Lo del ojo... sé que Claudia ha tomado una decisión arriesgada, pero tenía que conseguir que esto se hiciera personal.

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  4. PERO DIOS PORQUE MATAS A EL BUENO DE FRED? Y SUS DIENTES DE LECHE.
    ESTO ESTÁ MEJOR QUE EL FOLLETEO QUE ME PROMETIERON EN JUEGO DE TRONOS


    <3

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    1. No, Nina querida, no te engañes. Lo mejor y más fuerte está por llegar. Y sí, habrá escena de folleteo en una entrega de éstas.

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  5. Oooooh,ha muerto Fred... con lo que me gustaba el personaje... y por culpa de la petarda!!! Estás empezando a Martinear, el ojo del bueno, el perro, Fred, seguro que se cargó a su abuela también. No lo tiro contra la pared porque no es papel y el portátil se rompería. Me dan ganas de imprimirlo para poder acuchillar a Derrota.

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    1. Claudia enseñó todo lo que sabe a Martin. Existe la anécdota de que la primera persona a la que Martin dejó leer "Juego de tronos" fue a Claudia. Ésta, tras una lectura atenta y crítica, dio su opinión resumida en la ya famosa frase:

      - Sobran Starks.

      El resto es historia.

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  6. Hola

    Je, je, je, cómo se está poniendo la cosa. Asesinatos, antiguos fearrones convertidos en galanes de cine, bragas manchadas y heroinas despeinadas...

    Espero ansioso el siguiente capítulo.

    Un saludo.

    Juan.

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    1. Las heroinas despeinadas es un claro ejemplo de la importancia del realismo en la obra de Claudia del Moral. Puro genio.

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  7. Es acojonantemente genial, no puedo parar de reirme. Leo una frase y te la quiero comentar por parecerme una joya, pero es que la siguiente también lo es, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente... Una pregunta, si la nieta es derrota y la abuela es cansancio, la madre como se llama? Desgana?

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