sábado, 17 de agosto de 2013

"Seguros mortales" de Claudia del Moral. Sexta entrada

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La tensión se paseaba como dueña y señora de aquel pedazo de mundo. Como emanación que tanta violencia había dejado en el ambiente. Entre Viktor y Álex; parecían un perro sabiamente adiestrado para el combate y una rata rabiosa que había perdido cincuenta kilos de grasa y había ganado treinta de músculo. Y la sentía en mis bragas como una miriada de nuevas y desconocidas sensaciones. ¿Acaso el hecho de que alguien (o algo) me despojara del vello que cubría mi secretum había sido el acicate para que conociera nuevos sentimientos y nuevas ansías? ¿Por qué me veía siempre atraída de forma irremediable a este tipo de competiciones entre dos guapos hombres que se disputaban mi amistad? En Manila, en París, en Carme. Una y otra vez la misma historia. Estaba agotada. Pero esta vez era diferente porque unos extraños sentimientos habían nacido en mi interior y pugnaban por romper las celosías donde atesoraba mi alma y dejarse acariciar por las nubes. A un lado, Viktor, tan grande, tan arrogante, tan bien vestido. Agente de seguros. Al otro mi querido Barrilete.
- Vámonos, Derrota - dijo Viktor -. Tenemos que hablar.
- Derrota, no te vayas con él - la voz de Alex sonó apremiante y un poco desesperada.
- Por favor, agente James, no lo complique más. La investigación del suceso la llevaremos desde Seguros inmortales. Usted y su grupo de investigadores aficionados no pintan nada aquí. La señorita Derrota es una testigo de lo que a primera vista parece un crimen y, por tanto, está bajo mi protección - mientras decía esto me pasó el brazo por encima de los hombros y dejó en mi cuello el aleteo de una caricia.

Una caricia que fue como beber una copa de vino en la bota de un leñador. Noté como se inflamaba una nueva vida en el calor que albergaba vientre. Me vi arrastrada a otro lugar donde el cielo era azul e infinito y donde la verde hierba se extendía hasta donde la vista no alcanzaba. Viktor estaba conmigo y me conducía a un cobertizo. Yo tenía miedo y quería huir, pero a la vez me sentía arrobada por su fuerza y su seguridad y no podía evitar seguir sus pasos y fijarme con sentimiento culpable en la curva que su trasero dejaba en los pantalones. ¿Qué me pasaba? ¿Cómo podía mirar a un hombre allí abajo? Me sentía sucia y pecadora... y me gustaba.
Entramos en el cobertizo. Pequeño, oscuro, húmedo. Solo alcancé a ver el suelo cubierto de paja y un pequeño taburete antes de que Viktor me arrancara la ropa y la lanzara de forma descuidada sobre un montón de heces. Empezó a recorrer mi cuerpo de forma ruda y dominante. Me sentía transportada a cotas de sensaciones que no conocía, pero que no quería abandonar. Me gustaba lo que me hacía y no quería que lo dejara de hacer nunca. Su cuerpo duro, trabajado en forja y sudor, se imponía a la delicadeza de mi piel cobriza. Su barba arañaba mi piel y me abandone a él, a su rudeza, a su autoridad. Me agarró del pelo con una mano, con la otra me dio dos toques en las piernas y caí al suelo a cuatro patas. Y aunque estaba asustada lo deseaba, lo quería, lo necesitaba. Todo mi mundo se había reducido a un solo pensamiento y a un solo deseo. Quería que Viktor me...
me...
... ordeñara.
Sus manos acariciando mis pechos, sopesándolos y palpándolos mientras coloca un cubo debajo de mí y me dice palabras tiernas para que me relaje. Entonces, cuando estoy confiada y me dejo llevar por su caricias que me encantan, de forma autoritaria, pero suave, como si en cada caricia viajara una parte de él, agarrara mis ubres, enlaza entre el pulgar y el indice uno de mis pezones y con los otros tres empieza a tirar con fuerza, de forma autoritaria, algo rudo, pero sin hacerme daño mientras me dice venga bonita, venga. Siento miedo de lo que quiere hacerme y no me siento segura, pero no puedo resistir que mi cuerpo se pliegue a sus caricias y tirones y sin poderlo evitar me derramo y empapo su mano con mis jugos. Y mayor es la sorpresa que me invade al ver que lo que me está haciendo me gusta, me arrebata y me moja. Un deseo que se escurre entre mis piernas y entre sus dedos. Él sonríe.
- Sí, oh sí, nena, sigue así, vacíate para mí.
Y lo hago hasta acabar agotada porque quiero y porque él me lo dice. Lo hago y soy feliz hasta que de mi no sale nada más. Viktor retira el cubo, me mira a los ojos y se lo lleva a los labios. Y me bebe.
Oh dioses míos. Me bebe y ahora formo parte de él.

El contacto se interrumpió y volví a la realidad de una noche de pesadilla, de unos ojos color miel, un amigo que había perdido peso y un anciano que había vuelto a nacer gracias a un cinturón bien colocado.
¿Qué me pasaba? ¿Por qué había imaginado eso? ¿Por qué cada vez que Viktor me tocaba me veía transportada a otro lugar?
Porque es vuestro destino...
¿Qué?
... alteza.
- ¿Qué?
- Que subas al coche, Derrota - me dijo Viktor -. Te llevo a casa.
 - ¿Cómo?
- Sube, no tienes por qué estar aquí.
- No subas a ese coche, Derrota - dijo Alex acercándose a mí -. Este Viktor no es de fiar.
- Vámonos, Derrota. Mis chicos se ocuparán de todo.
- No lo hagas - me suplicó Alex -. Quédate conmigo.
- Lo siento, Alex -dije. No quería hacerle daño, pero Viktor tenía razón. Él llevaba la investigación, yo era una testigo, él tenía que protegerme -. Tengo que hacerlo. Además, ya no pintas nada aquí. La investigación la lleva la correduría y tú solo eres...
- ¿Qué? ¿Qué soy Derrota? Puedes decirlo.
- ... un simple polícia.
- ¿Y eso no es bastante para ti, verdad? Adelante Viktor, llévesela. Y cuídela bien -. Y diciendo esto se dio la vuelta y entró en la casa para ayudar a sus hombres a recoger sus trastos.
También eres mi mejor amigo, pensé.
- Vamos, Derrota, te llevaré a casa.

Subí a su coche. Era un auto amplío y confortable. Me arrellané en el asiento del acompañante y cerré los ojos. Solo quería dormir durante mil siglos y que cuando despertara todo volviera a ser como cuando era menos infeliz. Volver a tener trece años y mi pecho aun no había eclosionado deformándome el cuerpo. Mi madre bailaba en Constantinopla y me mandaba postales diciéndome lo mucho que me quería y lo que se alegraba de estar lejos. Mi abuela en la cocina me explicaba qué significaba ser una dama y por qué yo no lo sería nunca mientras se servía una copa de ginebra y mascullaba que mi madre no era más que una cabra loca y yo iba por el mismo camino. Y Álex no me odiaba, era mi amigo y estaba en su casa vestido con las ropas de su hermana desaparecida y respondiendo al nombre de Rosita. Todo era feliz, luminoso, sin complicaciones. La voz de Viktor me arrancó de la ensoñación.
- Derrota, ¿estás bien?
Abrí los ojos y vi como acercaba su mano a mi mejilla.
- ¡No me toques!
Que no me tocara, por favor. No podría soportar otra visión.
Detuvo su mano en el aire. Su rostro era la muestra perfecta de la incomprensión.
- Lo siento, no quería...
- ¡Qué no me toques!
Viktor puso ambas manos en el volante y mantuvo la mirada al frente.
- Lo siento, Viktor - dije -. Es solo que no me gusta que me toquen. Tengo la piel sensible... Me sale lepra al menor contacto. No quería molestarte.
- No te disculpes, Derrota. Es mi habitual falta de delicadeza. Cuando estoy al lado de una chica guapa...
Guapa, claro.
- ... no puedo evitar tocarla para saber si es real o un hada
Sonreí. A pesar de su exageración no pude evitar sentirme un poco halagada. ¡Qué demonios!, pensé, juguemos a engañarnos y a pensar que soy guapa.
- Y dime, Derrota, ¿hace mucho que conoces al agente James?
- Sí, mucho. Desde que éramos niños.
- Parece un buen hombre.
- Lo es - confirmé.
- Y guapo.
- Imagino que alguna chica lo debe encontrar atractivo. Me cuesta verlo como un hombre de verdad. Piensa que lo he visto muchas veces mearse encima cuando los niños le llamaban princesita en el patio del colegio y más veces lo he consolado cuando se quedaba a dormir en mi casa y nos escondíamos de la escopeta de mi abuela.
- Entiendo.
- ¿No te cae bien Alex? - pregunté -. Por lo que he visto antes hay cierta tensión entre vosotros.
- Sí que lo aprecio, pero...
- ¿Pero?
- No ha superado que lo recházaramos.
- ¿Qué?
- Cuando anunciamos que abríamos la correduría recibimos muchas solicitudes de personas del pueblo que querían ser agente de seguros. Y una de ellas era de...
- Alex.
- Sí. La gente imagina que ser agente de seguros es una tarea sencilla, pero se equivoca. Exige un gran compromiso a muchos niveles. Un buen físico que al margen de ser fuerte y capaz, sea diestro y ágil. Capacidad de compromiso, seriedad y ser consciente que el cliente es lo primero. Ante todo. Ante cualquier cosa. El asegurado es lo prioritario y su satisfacción, nuestra prioridad. Y para conseguir esto, como he dicho antes, necesitamos hombres y mujeres fuertes, preparados, capaces, centrados y con una gran fortaleza psicológica.
- Y Álex cumple con todo de forma sobrada, ¿no?
- Sí, con todo. Menos.
- ¿Qué?
- Álex demostró una gran fortaleza física y una capacidad de compromiso y sacrifico que pocos de mis agentes pueden igualar. Su puntuación en la prueba de tratar con abuelas fue de las más altas en los últimos cincuenta años, pero...
- ¿Pero?
- Fracasó de forma estrepitosa en las pruebas psicológicas. Se presentó como un sujeto inestable con varias carencias afectivas que le daban un cuadro psicológico proclive al maltrato y al abuso. Ideal para ser policía, pero no para ser agente de seguros. Además...
- ¿Además?
- Presentaba tendencia a odiar a las mujeres.
- ¿Qué?
- En el test psicotécnico había una pregunta que pedía que dijera cinco cosas que odiaba de forma visceral. Alex contestó: los espárragos, los restos de corcho en el vino, la gente que imita a urogallos en el cine, la música melódica y a todas esas putas mujeres que merecerían perecer bautizadas en cal viva. Cinco de nuestros psicólogos coincidieron en era una respuesta significativa.
- No lo puedo creer.
- Lo siento.
- Conozco a Alex desde que era un niño gordo y adorable que vivía con su madre, sus tías y sus siete hermanas. Yo lo conozco. Ni tú ni vuestros psicólogos lo conoce. Y es una persona buena incapaz de albergar odiar nada. Excepto a los franceses, claro.
- Siento si la he disgustado...
- No te preocupes, Viktor.
Permanecimos en silencio unos segundos. La noche estaba tranquila y los cervatillos saltaban por encima de nuestro coche con su habitual elegancia. Resultaba difícil de creer el infierno que acababa de vivir.
- Derrota - dijo Viktor con delicadeza -. ¿Estás preparada para hablar de lo que ha pasado esta noche?
¿Qué podía decirle? Estaba claro que debía continuar con la historia que le había explicado a Alex. Pero esos ojos color miel que tenían el poder de convertirme en un osezno que solo aspiraba a lamerlos me impedía mentirle. Necesitaba tiempo.
- ¿Podemos hablar de esto mañana, Viktor? Estoy agotada. Necesito de forma urgente una ducha y dormir hasta que el universo implosione.
-  Darte un largo baño, meterme en la cama, dormirte abrazada al Señor Calcetines y olvidarte del mundo, ¿no?
- Sí, exacto - sonreí.
- ¿Y si me lo explicas cenando?
- ¿Qué?
- Si querrías cenar conmigo. Así hablamos de eso y de todo lo que se nos ocurra. Tengo contactos en el mejor restaurante de cocina prusiana de la ciudad.
- No sé.
- Por favor, Derrota. Piensa que no es una cita. Es trabajo. Una investigación en curso.
Su sonrisa me desarmó. Dobló la curva que nos llevaba a casa de mi abuela. Iba a decirle que sí cuando vi que la expresión de su rostro pasó de la esperanza, al desconcierto, al horror.
- ¿Qué demonios...?
- ¿Qué pasa, Viktor?
- Mira.
Un resplandor que venía de casa de mi abuela me hizo temer lo peor. Imaginaba la casa incendiada con todos los recuerdos perdidos en las lenguas del fuego. No, eso no. Mis muñecas, mis animales disecados, mis acuarelas de autopsias famosas. ¿De verdad estaba ardiendo todo mi mundo?
No. La casa apareció ante nosotros intacta. Pero en el jardín ardía una enorme A invertida de madera.
- No - musitó Viktor -. No es posible.
Paró el coche y salimos de él.
- ¿Qué significa esto?
Pero Viktor no me contestó. Había sacado su teléfono móvil. Marcó un número y espero menos de tres segundos.
- Mara, vuelves a estar en servicio... No... No... Sí, lo sé, lo soy... No, Mara, esto es importante así que trágate tu orgullo, ponte tus bragas de combate y ven a casa de Derrota Hawkins. Es la gran casa de la ladera. Al lado del lago y del campamento de verano. Hay una marca... Sí... Están en la ciudad.
Colgó y me miró con expresión preocupada.
- ¿Qué ha pasado? ¿Qué es ese símbolo? ¿Por qué está ardiendo en mi jardín?
Viktor se acercó a mí e hizo amago de abrazarme. Me aparté.
- Estás en peligro, Derrota. No puedes pasar la noche en tu casa. ¿Tienes algún familiar en la ciudad?
- No.
- ¿Alguna amiga con la que puedas pasar la noche?
- Está Darla.
- Vamos pues. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor. Mara está en camino. No tienes porque preocuparte. Es la mejor.
Volvía a subir al coche de Viktor, pero ya no quería dormir y desaparecer. Sentía el miedo recorriendo mi cuerpo. El ataque, el fuego, esa marca de la que hablaba Viktor. Y esa pregunta que revoloteaba mi cabeza y me llenaba de inquietud.
¿Cómo sabía Viktor dónde estaba mi casa? Y lo más inquietante, ¿cómo conocía la existencia del Señor Calcetines?

CONTINUARÁ...

11 comentarios:

  1. Larga fue la espera para que Claudia nos regalara otra maravillosa entrega de su novela. He quedado impactada con el pasado de Alex y es una pena que no haya pasado las pruebas necesarias para ser agente de seguros, pero si fueron necesarios cinco psicólogos para considerar que su odio hacia las mujeres era significativo que se le va a hacer.

    Muero por saber el significado de esa A invertida en el jardín de Derrota, parece que la historia esta tomando rumbos oscuros y emocionantes.

    Espero que Claudia no nos haga esperar mucho para la siguiente entrega. Y para concluir solo puedo decir una palabra que me dejo impactada: ordeñara... casi me ahogo mientras bebía agua XD.

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    1. Larga fue la espera, cierto, pero por motivos que se escaparon a los largos y sensuales tentáculos de Claudia, casi omnipotente.

      Más impactos recibirán mientras se vaya desarrollando la historia. Sorpresas, desvelos y maravillas. Y Alex deparara mucho en esta historia de Derrota.

      Todos esperamos que Claudia no se demore y, tranquila, no eres la único que casi muere al leer algo de nuestra escritora favorita. Alguno han muerto y se ha encontrado en la autopsia con el cerebro licuado. Cosas de leer historias con tanta pasión en cada palabra.

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  2. Oh, sí, Mara estaba en camino, la otra, la yo, jejeje, esa pispa, qué alegría leer a Claudia :D Fuck yeah! Siempre es un placer :)

    Lo primero, el momento vaca WTF??? XD

    Y no sé cómo será esa gente del cine, pero los urogallos molan ;)

    Ahora la frase <3 <3 <3 y :D :D :D "dejó en mi cuello el aleteo de una caricia. Una caricia que fue como beber una copa de vino en la bota de un leñador." jejeje, visual, sensitivo y sensible, sobre todo sensible ;P
    NECESITO MÁÁÁÁÁÁÁS!!!!
    Abrazos y mimos varios!!! <3 <3 <3

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    1. ¿Acaso pensabas que lo de Mara solo era un cameo? Mara es parte indispensable de la historia. Preparate porque el viaje será largo y movido.

      ¿Seguro que es una vaca?

      Claudia es la reina de la sensibilidad y la sutileza.

      Tendrás más, mucho más.

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  3. A invertida? mmmmmmm debe ser algo satanico de los niños del campamento lo presiento.

    siempre un placer leer a claudia <3

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    1. Bueno, es una teoría. No sé si será la buena, pero sí que el campamento será importante.

      Casi el mayor de los placeres.

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  4. "- Presentaba tendencia a odiar a las mujeres.
    - ¿Qué?
    - En el test psicotécnico había una pregunta que pedía que dijera cinco cosas que odiaba de forma visceral. Alex contestó: los espárragos, los restos de corcho en el vino, la gente que imita a urogallos en el cine, la música melódica y a todas esas putas mujeres que merecerían perecer bautizadas en cal viva. Cinco de nuestros psicólogos coincidieron en era una respuesta significativa."

    Pues, no sé, no veo aquí muchas muestras de odio hacia las mujeres... Quizá habrían tenido que consultar a más psicólogos, no lo veo muy significativo, no.

    Ja ja ja ja ja

    Un saludo.

    Juan.

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    1. Bueno, Viktor calla la valoración que hicieron el resto de psicólogos... ¿tendrá algo que ocultar?

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  5. Yo alucino... Cuando uno cree que Derrota, sin lugar a dudas el personaje más abofeteable y con menos personalidad que un protozoo que ha dado la historia de la literatura, ya no podrá caer más bajo ni revolvernos más las tripas con su estulticia a prueba de bombas nucleares, de pronto... ¡Zas! Vuelve a superarse. ¿¿Su fantasía erótica es que la ordeñen como a una vaca?? ¡¡No me fastidies!! ¿Acaso tiene una debilidad oculta por el mundo de la ganadería? Y en tal caso, ¿qué será lo próximo? ¿Que la esquilen como a una oveja y que con su pelo ensortijado Víktor se haga una almohada en la que cada noche posará sus sueños? ¿Que la monten como a una yegua con espuelas y bocado incluidos? CRIS-PAN-TE.

    Por otro lado, la manida expresión "vacíate para mí" suele ser siempre desafortunada, pero JAMÁS alcanzó tamañas cotas de mal gusto como en esta ocasión. Mis felicitaciones más sinceras a Claudia del Moral por esta nueva vuelta de tuerca.

    P.S. Mi más absoluta solidaridad para con Álex. Yo también detesto los restos de corcho en el vino.

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    1. Yo sí que alucino. Lo veo y subo un flipo. Ya sabía que eras igual de sensible que un pedazo de carne pudriéndose al sol, pero confieso que siempre sabes como sorprenderme. No solo no entiendes la majestuosidad de la sensibilidad de Claudia, sino que te regodeas en tu ignorancia y falta de empatía literaria. Claudia es un genio y eso no lo soportas.

      ¿Acaso es una fantasía tan extraña? Pregunta a tu alrededor y te sorprenderás con las respuestas. Anda, adelante, haz la prueba y luego regresa pidiendo perdón.

      ¿Todavía no has superado que Claudia no te invitara a su cumpleaños? Superalo de una vez, llorón.

      PS. Ya sabes que no bebo, pero reconozco que el corcho en el vino es de lo peor.

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  6. Olvidé comentar en su día, pero sólo quería decir que las historias de Claudia son las mejores. Dile que siga así, que nos tiene comiéndonos las uñas por saber cuál será la próxima locura que se le ocurra.

    Si se plantea autoeditar un libro en formato físico, yo me lo compraría.

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