sábado, 26 de junio de 2010

Las muchachas del invierno. Frío de Laurie Halse Anderson

Frío, Laurie Halse Anderson, Roca Jove, 2010

Si alguien mira las etiquetas que corresponden a esta reseña verá que se establece en ellas una contradicción. Etiqueto como "Realista" y como "Fanstasmas". Y lo hago con plena conciencia. ¿Por qué? Porque esta novela se enmarca dentro de la corriente realista de la novela juvenil; aquella que no establece una aventura fantástica y donde se aborda de forma directa problemas cotidianos y, habitualmente, para denunicarlos. Pero, además, en esta novela intervienen fantasmas. O, por lo menos, esa es una de las lecturas que pueden hacerse de lo que ocurre (la otra lectura permite una explicación puramente racional, pero menos sugerente).

Pero, ¿de qué va Frío?

Lia no quiere comer. No. Debe. Comer. Cuenta las calorias de todo y siente como su estómago se horroriza cuando suman más de la cuenta. Observa a su alrededor y todos comen, su padre y su madre y su madastra y su hermana y todos les parecen vacas rumiando o buitres acechando. Los olores son de comida y todo es comida. Lia no quiere comer. No. Debe. Comer. Y, además, hizo un pacto con su mejor amiga Cassie; una apuesta a ver cual de las dos sería la más delgada del instituto. Y parece que Lia ha ganado porque Cassie ha muerto. Parece que suicidio. Y le dejó más de treinta mensajes pidiendo ayuda en su contestador. Y ahora se le aparece como un fantasma y le dice que se de prisa, que vaya con ella, que no quiere estar sola en el otro lado.

Frío (cuyo título original es el muchísimo más sugerente Muchachas/Chicas de invierno) podría ser una novela sobre adolescentes con transtornos alimenticios, o una novela de terror, o una novela psicológica, u otras muchas cosas, pero Laurie Halse Anderson convierte esta novela en todo eso y en mucho más. Partiendo de una muchacha con anorexia y tendencias hacia la automutilación, la autora nos lleva gracias a una inteligente utilización de la primera persona del presente a una insondable y nada complaciente incursión dentro del cerebro de la protagonista, una muchacha que se ve gorda, que no debe comer y que sueña con llegar a los 40 kilos y luego a los 36 y luego a los 32 para poder volar.

Una de las mayores virtudes de esta novela es que pese a tratar un tema tan delicado como la anorexia, la autora ni es complaciente ni es paternalista ni adoctrina ni nada de eso. Sabe meterse en la piel de Lia y nos deja que sea ella la que explique su historia. La realidad pasada por su mirada, una mirada errónea, pero que ella considera correcta. Para ella la comida lo es todo. Todo a su alrededor se reduce a eso y el lenguaje se impregna de esta obsesión. Metáforas, comparaciones.... todo el léxico está en algún momento relacionado con la comida, con comer, masticar... con animales que comen... personas comiendo... comida escondida... vomitada... calorias perdidas corriendo dos horas cada noche en la cinta... Lia se revela como un gran personaje perfectamente real y, por tanto, lleno de contradicciones y miedos. Y culpa. Una enorme culpa.

Su amiga Cassie le pidió ayuda y ella no respondió al teléfono. Su amiga Cassie murió sola en un motel. Su amiga Cassie se le presenta como fantasma porque quiere que vaya con ella. Este es, para mí, uno de los mayores aciertos de la novela: la presencia real de Cassie que convierte algunas páginas en auténticos momentos de terror. Una lectura posible, pero aburrida, es la de convertir a Cassie en una proyección de la culpa, en una equivocación de un cerebro con la química alterada y que altera la realidad. Por mi parte, prefiero una lectura fantástica. Cassie es realmente un fantasma y Lia está atrapada entre dos mundos, es una chica de invierno. ¿Es Cassie, por tanto, la mala de la historia? No. Como Lia, Cassie acierta y se equivoca.

No estamos sólo antes una novela sobre los transtornos alimenticios. Si solo fuera eso sería una mala novela (para entedernos, tengo la teoría de que un tema importante no hace una obra importante). Es una novela con conciencia literaria, con exigencia literaria tanto para el escritor como para el lector, bien escrita y mejor estructurada. Y, además, creo que Laurie Halse Anderson utiliza el tema de la anorexia o de los transtornos alimenticios para hablarnos de muchos temas más: relaciones famliares, soledad, amistad, culpa, perdón y, especialmente, sobre:

- la fragilidad de la infancia, y
- la incomunicación pactada y consciente entre adolescentes y adultos.

Los niños son fuertes y débiles a la vez. Aguantan de todo y acaban por hacerse adultos, pero una simple frase en un momento delicado sirve para destruir una vida. En la novela, la protagonista hace el cambio de todo adolescente y se engorda. Según cuenta ella, mucho. Inmediatamente, la profesora de ballet se lo hace saber pellizcando los michelines (gesto que los que siempre hemos sido algo entrados en carne hemos odiado de los adultos y que es una inmensa falta de respeto hacia el niño) y retirándola del espectáculo de final de curso por "estar gorda". A eso añade la presion de los padres para que sea la mejor, la presión de las amigas, de los amigos, de las revistas (buen momento el del encuentro de una revista con todos los estereotipos de belleza en la consulta del psicólogo), etc. Añade los silencios y muchas palabras que sobran. Y padres que no hablan con los hijos e hijos que no hablan con los padres. Ninguno de los dos quieren o saben hablar. Dicho explícitamente en el texto. Ignorar la realidad del otro. Mis padres no tienen problemas y mi hijo es perfecto. No existe la fuerte tensión de la adolescencia, la soledad de esos años, las tendencias suicidas, la automutilación, la obsesión por la imagen, por desaparecer, etc. Como repite una y otra vez el padre de la protagonista cuando le comentan que su hija tiene problemas, "estáis exagerando. Mi hija está bien".

Vamos, que esta novela me ha gustado mucho. Hay una enorme inteligencia en la construcción de la novela. Un lenguaje preciso, la creación de una realidad onírica, metafórica y, en ocasiones, rozando la pesadilla. La sensación que transmite de soledad, de abandono e incomprensión de sí misma y del mundo. La necesidad de buscar cabos que la aguanten, de motivos que la retengan en el mundo.

¿Me ha gustado la novela? Sí. ¿Me lo he pasado bien leyéndola? Sí, pero con nudos en el pecho y en el estómago. No es una historia complaciente o fácil. Exige atención del lector por su construcción cercana al sueño. Es una historia dura, seca y fuerte. Y vale la pena. Creo que hacía tiempo que una novela me golpeaba tan fuerte y conseguía que se me quedará una imagen grabada: la de Lia desnuda delante de un espejo con un cuchillo en las manos. Pura pesadilla admirablemente escrita.

3 comentarios:

  1. Y este también se suma a la colección de portadas con un sólo ojo...

    Saludetes!

    Anna

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  2. Bueno, no exactamente. Se unirá a la sección de "te enseño la cara pero te tapo cosas que me hace más intersante". Próximamente en sus pantallas.

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