"Seguros mortales" de Claudia del Moral. Quinta entrada

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- ¿Qué ha pasado, Derrota? - volvió a preguntar Álex mirando a su alrededor. La sangre, la suciedad, el desorden.
- No lo sé... - ¿Qué le podía decir? ¿Qué una especia de monstruo me había atacado en casa? ¿Qué ese monstruo había dicho que le había pagado para atacarme? ¿Que me habían perseguido y que había acabado en esta casa sosteniendo parte de la cabeza de Fred? No me creería. ¿Y podía culparlo? Los monstruos no existían y, además, ¿quién querría hacerme daño? -. Había salido a dar un paso por el lago, oí ruido, me asusté, vi la casa de Fred y cuando entré... fue una pesadilla.
- Pero, ¿estás bien? - dijo arrodillándose a mi lado y envolviéndome en sus enormes y fuertes brazos - ¿Sabes quien ha sido?
Un monstruo que solo existe en las novelas románticas.
- No vi a nadie... unos críos, seguro. Ya sabes como son los niños de este pueblo con sus bromas.
- Entiendo. Lo más importante es que tú estás bien. Luego hablamos - y me apretó el hombro de esa forma tan cariñosa que tenía cuando de pequeño él veía un foto de animales vestidos con ropa humana y rompía a llorar. Es tan humillante para ellos, decía.
Alcé la mirada y lo vi mirándome con una sonrisa en los labios.
- Te he echado mucho de menos, Derro.
- ¿Qué dices, loco? Estoy horrible - dije -. Necesito con urgencia un peine y una ducha.
- ¿Qué dices, Derro? Estás preciosa.
- Bobo - pero no pude evitar que una sonrisa floreciera en mis labios. Parece que a pesar del tiempo, la distancia y el hacha seguimos siendo amigos. Con una mirada busqué un abrazo. Después de todo lo que había pasado, necesitaba un hombro amigo en el que llorar, refugiarme y no pensar en los ojos de Viktor. Álex me entendió sin que entre nosotros necesitara mediar una palabra y abrió sus brazos. Pero ese abrazo que tanto necesitaba nunca tuvo lugar.
- ¿Qué tienes en las manos?
- Oh, esto, es un trozo de la cabeza de Fred. Se le desprendió...
- ¡Dios mío, Fred! Me había olvidado de él. Eres una mala influencia, Derro. Haces que se me olvide mi trabajo - Me dejó sin abrazo para acercarse al cadáver del viejo loco. Todos me acababan dejando siempre -. El bueno de Fred...
Se acuclilló al lado del cuerpo de Fred y le puso dos dedos en el cuello. Frunció el ceño.
- Que extraño... - musitó.
Acercó su rostro al pedazo de nariz que aun se aguantaba en la cara del viejo que me había arrebatado a mi amigo.
- Aun respira...
- ¿Qué? - pregunté mientras hacía una pelota con mi orgullo herido y me lo tragaba.
- Rápido, acércame ese trozo de cabeza que tienes. ¡Fred aun respira! No puede ser... Parece imposible, pero creo que todavía tiene una posibilidad.
Mientras le acercaba la cabeza que antes había estado acunando como la muñeca que nunca tuve de niña, oí como Álex llamaba a los servicios de emergencia pidiendo una ambulancia, refuerzos y una esteticiene. ¿Tan horrible estaba?
- Toma.
- Gracias, Derro.
- Derrota.
- ¿Qué?
- Me llamo Derrota. Nadie me llama Derro. Ya no soy una niña.
- Perdona.
Tomo con mucho cuidado la mitad de la cabeza de Fred que le había dado y la observó con detenimiento. Sabía muy bien lo que Álex estaba intentado hacer. Era complicado, pero era una posibilidad de salvar a Fred de una muerte casi segura y de evitar que su perro se quedará sin dueño.
- Derrota, necesito que tomes a Fred de una de sus manos.
- ¿Cuál? Ambas están sucias. No quiero estropear nada.
- Cualquiera. No importa.
- Contaré hasta cinco y que sea lo que dios quiera.
Con una precisión casi de cirujano, Álex reunió en un solo ser las dos parte de la cabeza de Fred intentando que venas, nervios, cerebro y carne coincidieran. Era complicado porque parte de lo que había sido ese viejo bobo que me levantaba la falda cuando era niña y quería comprarme besos a cambio de caramelos estaba por las paredes, en el suelo o en mi ropa, pero si conseguíamos que la mayor parte de tejido volviera a conectarse, tendría alguna posibilidad. Aunque no lo dijéramos, ambos éramos conscientes de que una operación como esta requeriría una equipo médico especializado y un par de horas de operación por delante, pero no teníamos ni una cosa ni otra. O lo hacíamos ahora, o Fred pronto no sería más que olvido y heces de gusano. Y si conseguíamos salvarlo, quizá no fuera totalmente el de antes y empezara a olvidar el orden de los días de la semana. cambiar el canal del televisor o que el papel higiénico se utiliza antes y no depués, pero mejor eso que vivir con media cabeza sin poder subir a una noria por miedo a que en una vuelta algo brusca se cayera el cerebro. Lo único que me preocupaba era que si Fred se recuperaba, ¿confirmaría mi historia o descubriría ante Álex que había dicho una pequeña mentira?
¿Por qué todo era tan complicado?
- Vale - dijo Álex después de unos minutos -. Conseguido. Mira, Derrota, vuelve a parpadear.
Los viejos y cansados ojos de Fred volvían a abrirse y cerrarse a un mundo del que no quería partir.
- Hola Fred, viejo loco.
- Nimbbbwsaw...
- Ssssh. No hables -. ¿Qué habría querido decir? ¿Qué el monstruo lo había traído yo?
- Derrota, necesitamos aguantarle la cabeza mientras vienen los servicios de emergencia. Quítame el cinturón de los pantalones.
- ¿Qué?
- Necesito que me quites el cinturón.
- Pero...
- Por favor, es la única forma.
¿Por qué Álex me pedía aquello? ¿Acaso quería aprovecharse de mí? A lo mejor he vivido en lugares exóticos y sensuales como Bali o Vilanova del Camí, pero aun seguía siendo una decente chica de pueblo. No pensaba hacerlo. Nunca había tocado a un hombre de cintura para abajo y no iba a empezar ahora. Pero fue una mirada, una simple mirada del bueno de Fred suplicando que le ayudara a acabar sus años en este mundo entero lo que consiguió que me armara de valor, suspirara con fuerza y extendiera mis manos hacia los bajos de Álex.
- No sé si podré, Álex. ¿Y si te hago daño?
- Por favor, Derrota. Confío en ti. Solo tienes que soltarlo. Funciona igual que un cinturón femenino. Necesitamos sujetarle la cabeza a Fred con alguna cosa que impida que se le caiga la cabeza y mi cinturón es la única forma. Te necesitamos.
- Sionfosssss.
Inspiré y busqué todo el valor que llevaba oculto en ese rincón de mi interior que está entre mi corazón y mis pechos, el apartamento de mi albma. Empecé a desabrocharle el cinturón. Tenía razón, era igual que desabrochar uno de los míos. Entonces, ¿por qué estaba tan nerviosa? Lo supe en el momento en que sin querer acaricié un extraño bulto que tensaba sus pantalones de policía. Fue sin querer, una leve caricia con el dorso de la mano, como quien acaricia de forma inconsciente la suave piel de un melocotón en la frutería, pero aquel bulto reaccionó como si a un gatito le hubiera enseñado una paloma herida. Seguí forcejeando con el cinto, pero no cedía y no podía seguir acariciando, golpeando con suavidad, rozando aquel émulo de un perro de las praderas.
Álex gimió.
- Lo siento.
- Derrota - dijo.
- He dicho que lo siento - me disculpé con el rostro lleno de rubor -. Soy una torpe. ¿Te he hecho daño?
Lo mirá a la cara esperando encontrar la decepción pintada en sus ojos, pero solo me encontré con las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos y pequeñas gotas de sudor en la frente.
- No pasa nada. Continua. Pero más suave, más tranquila...
Seguí luchando con el cinturón y sin querer continuaba rozando el bulto de Álex, cada vez más grande y redondo. Parecía que algo en su interior estuviera a punto de estallar. Como una gran burbuja de lodo.
- Está muy apretado.
Tiré, forcé, maldije, pero la hebilla no salía del agujero.
- Derrljlksjaaaa
- Ya vamos, Fred, ya vamos - dije.
- No era Fred - dijo Álex en un jadeo -. Era yo. Sigue.
En un último esfuerzo, tiré con fuerza de la hebilla y conseguí abrir el cinturón. Álex lanzó un pequeño grito que concluyó en un largo y lastimero suspiro.
- Ahora - dijo con voz entrecortada -. Pasa el cinturón alrededor de la cabeza de Fred por donde tiene la herida y aprieta con fuerza. Tenemos que hacer un semitorniquete; con fuerza, pero dejando que parte de la sangre circule con normalidad por la cabeza para que le vuelva a regar el cerebro. Así, muy bien. Ahora solo queda esperar que vengan los servicios de urgencia.
Dejamos recostado a Fred en el suelo.
- Te pondrás bien, viejo loco - le dije en un susurro acariciándole con cariño la mejilla.
A lo lejos, empezaron a oírse sirenas.
- Parece que ya están aquí - dijo Fred.
- Qué pena - dije con un suspiro - no hemos tenido la oportunidad de hablar un momento.
- Salgamos fuera. Aun tenemos unos minutos.

Era una noche fría. Intenté envolverme entre mis brazos para atrapar algo más de calor, pero resultó imposible. El tamaño absurdo de mis pechos impedían que pudiera cerrar el abrazo. Me sentía frustrada. Este pequeño contratiempo (sí, pequeño, ¡ja!) fue la gota que colmó el vaso y solo tenía ganas de llorar y refugiarme entre los huesudos y afilados brazos de mi abuelita como hacía las veces que me confundía con un gato y no me echaba a patadas de su regazo. Me sentía tan sola. Entonces sentí como la camisa de Álex se cerraba a mi alrededor. Me arrebujé en ella.
- Gracias.
Hizo un pequeño gesto, como si no le diera importancia.
- Gracias a ti. Por lo de antes.
- Soy una torpe.
- No, has estado muy bien. Muy delicada. Has hecho mucho bien a un hombre. Y has salvado la vida a Fred.
Se encontraba a mi lado, sin camisa en la fría noche, enseñando un poderoso y amplio pecho tapizado con una delicada alfombra de vello. Vaya, pensé, realmente barrilete ha cambiado. Es gracioso verlo así. Con tanto músculo, tanto pelo, tan seguro.
- Así que los rumores eran ciertos - dijo Álex rompiendo el silencio -. Has vuelto.
- Sí, hace meses.
Está guapo, pero no puedo dejar de pensar que dentro de él está aquel niño que se orinaba de miedo cada vez que hacía una imitación de su madre diciendo que o se acababa la cena o le encerraría en el armario con la bruja.
- Estás muy guapa.
- Calla, zalamero, y no seas mentiroso - me senté en el porche -. Estoy como siempre.
- Sí, como has sido siempre - dijo en un susurro mientras me miraba a los ojos. El frío de la noche le daban un brillo especial.
- ¿Y cómo te ha ido la vida, Álex? ¿O deberá decir agente Álex?
- Para ti siempre Álex y lo que quieras, Derro. Perdona, Derrota.
- No me hagas caso. Para ti siempre Derro, estaba algo cansada.
- Imagino que ha sido un golpe muy duro.
- Sí, no te lo puedes imaginar. Tanto ruido, tanta sangre, tanta suciedad. Y lo de Fred también ha sido muy desagradable.
- ¿Me vas a explicar qué ha pasado?
- Ya te lo he dicho. Oí ruido en la finca de Fred, me acerqué y, bueno, el resto es historia - sentía una inmensa vergüenza por mentir al que había sido mi mejor amigo.
- Te conozco y sé que algo me estás ocultado, pero no importa. Ya me lo contarás cuando estés preparada.
- Gracias, Álex.
- Ya vienen los servicios de emergencia.
Dos coches de policía, una ambulancia y una peluquera que trabajaba para las fuerzas del orden para casos de emergencia se pararon ante la puerta de Fred. Álex tomó con velocidad el control de la situación. Pidió una camisa y mando a los polis a que acordonaran la zona y empezaran a hacer cosas de esas con las huellas y todo lo demás. Los dos muchachos de la ambulancia pasaron por mi lado y me sonrieron e incluso oí como uno de ellos decía "has visto qué angel". Estúpidos, siempre encontraba estúpidos que se mofaban de mí. Y la peluquera vino conmigo y empezó a arreglarme el cabello.

Pero a los pocos minutos un nuevo vehículo entró en el jardín de Fred. Se abrieron las puertas y de él salieron tres hombres que con rapidez se internaron en la casa.
Del asiento del conductor salió un cuarto hombre.
Sus ojos me atraparon al primer vuelo.
Eran del color miel más dulce que había visto en mi vida.
No.
Viktor.
Paseó su masculina belleza hacía mí. En vez de mixtura y lisura, lo que en su amplio pecho parecía llevar era todo el aplomo y toda la arrogancia del universo.
- Hola, Derrota.
Esa voz que era un guante de terciopelo acariciando zonas prohibidas que solo visitaba con vergüenza y el señor Dodo, mi hamster disecado preferido.
- Hola.
- No te preocupes. No te pasará nada. Ya estoy aquí.
Alzó su poderosa mirada.
- ¿Quién está al mando? - dijo en voz alta.
Álex salió de la casa.
- Yo.
- Vaya - dijo Viktor con un deje de cansancio -. Tenía que ser usted, agente James.
- ¿Qué le trae por aquí Viktor? Pensaba que el puerta a puerta había dejado de ser una práctica habitual en el mundo de los seguros.
- Tomo el control de la investigación.
- ¿Qué? - exclamó Álex -. No pueden...
- Sí que puedo. Fred Williamson tenía contratado un seguro de todo riesgo con "Seguros inmortales" y según lo que dispone la ley 453/32 de 14 de abril de 2013 la policía no tiene jurisdicción en una investigación si la correduría o agencia de seguros dispone de servicios de investigación particulares. Y este es el caso.
- Pero...
- No hay peros. Dele a mis hombres toda la información que posea. Ahora el caso es nuestro. Usted no pinta nada.
Y sonrió.
En esa sonrisa se concentraba la fuerza, el poder, la astucia y la animalidad.
Y yo... yo...
Vergüenza me dio ser consciente de mis sentimientos, pero por primera vez en mi vida estaba...
Cachonda.

CONTINUARÁ...

"Los dientes de los ángeles" de Jonathan Carroll

Los dientes de los ángeles, Jonathan Carroll, La factoría de ideas, 2007

En mitad de sus vacaciones en Cerdeña, Ian McGann conoce a la Muerte en un sueño. Ésta promete responderle cualquier pregunta que formule, pero si él no consigue comprender sus respuestas, tendrá que pagarlo con la vida.
En los Ángeles, la actriz Arlen Ford ha dejado de ser feliz. Lo abandona todo y se traslada a Austria, donde encuentra a un apasionado corresponsal de guerra. Desde el principio, Arlen se da cuenta de que se trata del hombre al que ha estado esperando toda la vida.
Y en Viena, Wyatt Leonard, enfermo terminal, descubre de repente que posee el poder de resucitar a los muertos. La convergencia de estos tres destinos conforma el núcleo de esta novela audaz y provocativa.

Los dientes de lo ángeles no es una novela agradable ni una historia que pueda gustar a todo el mundo. No hay un argumento fijo ni lineal. Y, por momentos, parece que no hay más historia que las cartas que cruzan medio mundo entre personas heridas y enfermas. Y la presencia de una muerte que responde preguntas y si no las comprendes, te deja cicatrices por lo que te quede de vida. No es tampoco una de las mejores novelas de Jonathan Carroll. En mi opinión le faltan unas pocas páginas que para desarrollar algunas de las ideas y lospersonajes de la trama. Y en algún punto peca en algún momento de estática y discursiva.

Pero todo eso no cuenta ante una historia que me resulta fascinante. El discurso de Jonathan Carroll ejerce un poder hipnótico y durante las horas que me duran sus novelas estoy en un estado de suspenso. La forma de hacer que lo fantástico (en este caso la presencia de la Muerte) inunde la cotidianidad sin que chirríen resortes ni la credibilidad del relato. La novela es casi en su totalidad conversaciones y largas carta entre los personajes. La acción casi en su totalidad se encuentra en diferido lo que da al relato un aire fantasmagórico, inasible y casi intangible.

Buenos personajes, en especial Arlen y Wyatt. El lector se los hace suyo pronto y los acompaña en una historia que versa sobre la enfermedad y la muerte. No es agradable. Una historia que habla de SIDA, de cáncer y de los pocos minutos que nos quedan. Sobre el miedo a morir, a sufrir y a que eso llegará pronto. No es una lectura feliz y tiene uno de los giros argumentales más crueles que he leído en tiempo. Cuando la novela parece que no conduce a ninguna parte, un par de páginas y todo cobra sentido. Como lector me vi sobrecogido y pensé que Jonathan Carroll era un hijoputa por hacerle eso a los personajes y por añadidura, al lector. Como comprenderéis no me extiendo en este punto.

La Muerte es el centro y un personaje más. Pero no nos encontramos con una representación antropomórfica como la encantadora Muerte de los cómics de Sandman o la pragmática y profesional Muerte de Mundodisco. Es otra visión. Más negra, más dura y mucho más terrible. No es complaciente ni conforta.

Y es una novela sobre el amor, claro. Sobre el sacrificio, la pasión y el amor hacia otra persona. Ya sea pareja, familia o amigo. Y, claro, al final de todo, cuando no queda nada, es el amor lo que nos salva.

Los dientes de los ángeles es una buena novela no tan apasionante o deslumbrante como otras del mismo autor, pero que resulta fascinante a la par que terrible. No la recomiendo a todo el mundo. No es un relato de fantasía al uso y no es una lectura ni fácil ni complaciente. Y eso es precisamente lo que a mí como lector más me ha gustado. Es exigente, dura, algo arisca para conducirte por medio de una historia terrible hasta un final duro con un punto de fugaz esperanza que solo tienen los locos y los niños.

Sea como sea, un autor que merece la pena conocer.

Otras opiniones
Libro Génica
Bibliopolis
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"Las furias de Alera" de Jim Butcher

Las furias de Alera, Jim Butcher, RBA Fantástica, 2012
Códex Alera 1

En el mundo de Carna, el reino de Alera es el estado más poderoso y todos sus habitantes tienen cierto dominio sobre las fuerzas elementales (agua, tierra, madera, fueto, aire y metal) a las que llaman furias. Todos, excepto Tavi, que vive en una propiedad rural y es incapaz de desarrollar sus habilidades, quedando por eso relegado a tares y a ser objeto de burla por parte de (casi) todos. (El paréntesis es mío).

La azarosa búsqueda de una oveja perdida lanza a Tavi de cabeza hacia los acontecimientos que están poniendo en peligro la paz entre los reinos y la misma supervivencia de Alera. Sin habilidad para controlar las fuerzas elementales, tendrá que confiar en su valor e inteligencia para salvar a sus amigos y liberar al reino de la peor amenaza de su historia.

¡Cómo me ha gustado esta novela! Llevaba un tiempo buscando algo de fantasía que fuera puro y sano entretenimiento y Jim Butcher me lo ha proporcionado. 603 páginas de diversión, acción, criaturas, intrigas, batallas y buenos personajes. Tres días de lectura y muchas ganas de volver al mundo de Carna.

Jim Butcher ha escrito un primer volumen de saga (cinco o seis, creo) de aire clásico, respetando los códigos del género (me ha recordado mucho las grandes novelas de Robin Hobb), pero esquivando que éstos puedan sonar a clichés o a manidos gracias a un estilo fresco, rápido, vivo y colorista. Y a la acción. En Las furias de Alera pasan muchas cosas y sus protagonista sufren mucho. No hay momentos de respiro y se pasa frío, hambre, cansancio, dolor y suciedad. Mucha acción, pero en ningún momento el lector se ve abrumado o la narración cae en el exceso.

La sinópsis puede llevar a error ya que da la impresión de que ese tal Tavi será el protagonista absoluto de esta novela y de la saga entera. Error. Tavi es uno más de una multitud apasionante de personajes que aportan a la historia su punto de vista, su pasado, sus secretos y todo eso que se dice entre líneas y que al lector avispado tanto le gusta para empezar a aventurar teorías sobre el camino que tomará la saga. Y, además, no hay personaje superfluo. Cada uno aporta y hace crecer la historia y establece con ella y con el resto de los personajes relaciones lo suficientemente complejas para que a pesar de que el final pueda resultar algo predecible, el camino resulte muy apasionante. Sobre todo la historia de las dos "brujas" de agua.

Un mundo el de Alera que se despliega poco a poco a ojos del lector. No abruma en detalles y es por medio de los acontecimientos que el lector conoce las reglas y los límites de este nuevo universo del que queda muchas tierras que explorar. La novela respira un placer por la aventura pura, por la diversión y la celebración de la fantasía. Una novela sencilla (en el buen sentido de la palabra), pero no simplista. Y escrita con el noble fin de entretener y divertir al lector.

Y no añado nada más por la sencilla razón de no repetir lo que en otras estupendas reseñas se encuentra y por no entrar en el detalle. Leí la novela sin saber qué me iba a encontrar, con la mirada limpia sobre el universo, los personajes y la trama. Y creo que es la mejor forma de adentrarse en esta y en todas las novelas. Solo decir que fueron unos días buenos días lectores e insistir en lo estupenda que es una novela de fantasía pura, escrita con calidad y conciencia del género, con una edición estupenda y con el mejor y más sano espíritu aventurero.


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"El héroe perdido" de Rick Riordan

El héroe perdido, Rick Riordan, Montena, 2013
L'heroi perdut, Rick Riordan, La Galera, 2013
Serie Los héroes del Olimpo I

Me gustan mucho las novelas de Rick Riordan. Solo he leído la trilogía de los hermanos Kane y este primer volumen de Los héroes del Olimpo (si todo va bien en unos días empiezo con Percy Jackson) y me encantan las historias de este señor. Puro y sano entretenimiento. Grandes superproducciones literarias con muchos efectos especiales, mucha tensión y, sobre todo, muchos monstruos. Tortas, carreras y ni un solo momento de respiro. Y me lo paso la mar de bien. Si hubiese leído estas novelas con once/doce años hubiera sido un preadolescente muy feliz. Pero las leo con treintaytantos y eso no sé en qué me convierte muy feliz y me confirma algo muy bueno; no he perdido el sentido ni de la aventura ni de la maravilla.

Tres semidioses, la típica profecía que viene a fastidiar los buenos y tranquilos días, muchos monstruos, una amenaza terrible que está despertando, un héroe desaparecido, una diosa secuestrada y mucho trabajo por delante. Como siempre una sinopsis insuficiente y que da poca información porque sigo en mi creencia que es mucho mejor lanzarse a los libros sin saber mucho de ellos y dejarse sorprender.

La novela me ha gustado mucho, me ha entretenido horrores y me ha dejado con ganas de pillar su continuación. Y con esto creo que ya habría dicho todo lo que quería decir, pero entonces no sería reseña sino tomadura de pelo. Así que algunas consideraciones.

- No es necesario haberse leído la saga Percy Jackson para seguir y apreciar este libro (yo no lo he hecho, por ejemplo). Eso sí, si no quieres saber cómo termina la pentalogía original y qué sucede con muchos personajes, mejor no la leas.

- Personajes tipo que funcionan muy bien. El héroe, la chica aguerrida, el amigo simpático. Por suerte, Riordan es lo suficientemente inteligente para dotar a su trío protagonista de más capas para evitar que se conviertan en simples estereotipos. No son personajes que sorprendan, pero no suenan a refrito. Secundarios efectivos e interesantes.

- Gran variedad de monstruos. Y esto mola mucho.

- Actualización divertida, efectiva e inteligente de la mitología griega y romana aunque algunas de las soluciones me pidan un esfuerzo de credibilidad (por ejemplo, Éolo). Resulta muy curioso y refrescante este volver a la clásica Gigantomaquía para construir una novela juvenil.

- Estilo rápido, nervioso y detallista. Muy buen ritmo. Quinientas páginas que no cansan al lector.

- Eso sí, una estructura algo episódica y un poco repetitiva. Misión - encuentro - conflicto - lucha - huida para caer en nueva misión - encuentro - conflicto -, etc. Además tiene tendencia a caer en el recurso del deus ex machina, que por muy griego que sea no deja de rechinar si se usa más de tres veces en una misma historia. O la justificación para lo imposible o improbable con "es magia" (el cinturón de herramientas de Leo, por ejemplo). Pero que no se me entienda mal, todo es peccata minuta.

- Historia sencilla y bastante predecible, pero muy bien explicada, narrada y estructurada. Buenas sorpresas y giros.

- ¿He dicho que salen monstruos?

El héroe perdido es una estupenda novela de aventuras. Pura literatura de entretenimiento bien construida y explicada. Aventura, fantasía, un poco de romance, mucho ruido y muchas explosiones. Un auténtico placer.


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El hechizo de los libros

"Furia venenosa" de Marika Gallman

Furia venenosa, Marika Gallman, Libros de seda, 2013
Serie Maeve Regan 1

Presentación y puesta de largo de editorial y autora en este blog (dato: la autora en verdad se llama Marika Gallman aunque en la edición española de su obra aparezca Marita. Se admiente apuestas, ¿errata o el nombre "sonaba mal"? Sea como sea, estas cosas no se hacen).

Maeve Regan, bajita, borde y malhablada. Va a la universidad sin ser una alumna brillante, sin pareja fija, noches de juerga y gusto por las bebidas fuertes. Único familiar, un abuelo que no destaca por su cariño. Y amigos, Elliot con quien tuvo una historia y ahora existe una fuerte tensión y Brianne que vive atrapada en una relación destructiva. Por medio, la novia de Elliot, la perfecta muñequita de Tara. Nada especial, la verdad. Pero una noche se va con un tipo muy atractivo llamado Luke en un arrebato de pasión la muerde... y empieza a vomitar. Y descubre que su abuelo no le ha dicho la verdad sobre la desaparición de su familia. Y el tipo atractivo reaparece, la secuestra y, ¿qué demonios? ¿es eso un vampiro? Vamos, que una semana que empieza mal puede acabar siendo una semana de mierda.

Furia venenosa es una novela de fantasía urbana la mar de entretenida, distraída y agradable de leer. Tengo que reconocer que con este género voy medio vendido. No lo puedo evitar, las historias de aventuras con heroínas bajitas, bordes y malhabladas son una de mis debilidades. Y Maeve Regan es una buena heroína; dura, alejada de los clichés de princesita en apuro, con tendencia a equivocarse, orgullosa, borde y a la que le suda un huevo la opinión de los demás. Por supuesto que tiene un centro sensible, pero no deja que esto la catatonice ni acabe convirtiéndola en una pavisosa en el momento en que el prota se quita la camiseta. Es una protagonista con carisma con la que el lector puede encariñarse con facilidad y que sostiene con dignidad una historia bastante tópica (más abajo amplío esto), pero escrita con un estilo rápido, conciso y ajustado que hace que la lectura sea agradable y, por momentos, tensa. Ah, y con una tendencia a la ira, la violencia y la maldad muy acusadas. Maeve se aleja de los "buenos" para adentrarse en un territorio gris que la hace muy interesante y que consigue diferenciarla de otras heroinas que por mucho que pasen, siempre serán las buenas.

¿Problemas? Los personajes secundarios, en especial los tres amigos, quedan desdibujados y se echa de menos el mismo cuidado que ha puesto Marika Gallman en los principales. Especialmente flagrante es el caso de Elliot, un quiero zumbarme a la prota sin dejar a mi novia que crispa, molesta y entran ganas de arrancarle la cabeza y mandarla de viaje a un lugar muy oscuro y estrecho. Eso provoca que el intento de triángulo amoroso de la autora (bueno, en rigor es un cuarteto) quede descompensado y cojo. No se puede construir un triángulo si uno de los lados es tan débil e inconsistente. Y es que, seamos sinceros, no se puede competir con el cabrón de Luke (buen personaje, pero que sigue las pautas de otros machotes del género). Eso sí, y que nadie se lleve a escándalos, este apunte de triángulo no vertebra ni es centro de la novela. Es un elemento más que aunque no molesta, en alguna página despista.

Y lo que podría ser el principal handicap para muchos lectores: la novela no tiene un solo punto original que la diferencie de otras novelas de fantasía urbana. Están todos los elementos (secretos, machote, tensión sexual, entrenamiento, maloso, más secretos, enfrentamiento, más tensión sexual, luchas, cabreos, muchísima tensión sexual que al final estalla y... no, en esta novela no hay escena de sexo, etc.) colocados en el mismo orden y conducidos de la misma forma. Quien espere algo diferente, no es su novela. El mismo cuento que conocemos, sí, pero explicado con gracia.

A mí me ha gustado. Sin entusiasmo, de acuerdo, pero con el suficiente como para pasar un par de tardes muy entretenido, ganas de leer su continuación y conservar un recuerdo más que agradable. ¿La recomiendo? Sí, es un novela muy entretenida, bien escrita y con protagonista malhablada. A mí me vale.

Y sirve para ampliar fronteras y leer algo de fantasía urbana no anglosajona. Esta novela nos sirve para saber que en Suiza se produce algo más que novela policíaca llena de crítica social, secretos de pueblo y asesinos muy correctos.

Portada original.
Cómo me gustan esas posturas imposibles con el pecho pa'lante y el arma a punto.

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"Seguros mortales" de Claudia del Moral. Cuarta entrega

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Durante el viaje en taxi sólo podía pensar en el momento de llegar a casa, quitarme la ropa, desviar la mirada de la vergüenza que tenía por entrepierna y relajarme en el cálido abrazo que da un baño de espuma. Una buena cena, un poco de música, quizá una película romántica. No sobre agentes de seguro, no sabía por qué, pero no me apetecía. Quizá sobre agrimensores o farmacéuticos. Algo trepidante y exótico. Pero ahora, ante esa boca abierta y oscura que era la puerta de mi hogar me sentía indefensa y con un pecho demasiado grande.
Había alguien dentro de mi casa.
Alguien que no era yo porque aunque estaba dentro, en verdad estaba casi fuera.
¿Pero quién? Desde que había vuelto a Contrades de mi periplo por el mundo vivía sola en la enorme casa de mi abuela. Me gustaba disponer de aquel viejo caserón para mi sola y perderme entre sus largos pasillos, jugar al escondite con mi sombra entre las estatuas ecuestres de la biblioteca o descender a buscar una botella de vino sin alcohol a la cripta. Y aunque a veces el silencio de mi hogar combinado con los documentales de asesinos en serie y tramperos me podía inquietar, me gustaba la soledad. Nadie tenía que soportarme. Pero ahora deseaba que alguien viviera conmigo o que alguien se preocupara por mi.
¿Quién podía estar dentro? ¿Un asesino? ¿Un violador? ¿Un caníbal fugado de algún circo?
El miedo crecía dentro de mi abultado pecho y todos mis instintos me decían que saliera corriendo, que buscara ayuda y me colgara cual bolso masculino de los fuertes brazos de Vik... ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué pensaba semejante tontería? Este tal Viktor no me resultaba atractivo. Ni siquiera recordaba el color miel de sus ojos, su amplio pecho, sus rasgos duros que invitaban a suavizar a base de caricias y besos, sus dedos largos, anchos, fuertes, duros o esas nalgas donde una podría partirse la cabeza por una mala caída. No pensaba en él ni sentía el pecho bullir de calor.
Un ruido emergió de mi hogar. Una especia de carraspeo que recordaba a una tos mal disimulada. Eso, o los cimientos estaban asentándose.
Concéntrate, Derrota. Alguien ha entrado sin permiso en tu casa y seguro que Viktor no está pensando en ti. Suspiré y me concentré en mi cometido olvidando su dulce nombre y al perro que había ido a morir con el cuello cercenado en el felpudo de la entrada. Pobrecito, ¿cómo podía habérselo hecho? ¿Con una alambrada? ¿Jugando con un cuchillo? O quizá... no, eso no.
Aparte todo fúnebre pensamiento de mi mente y di un paso al interior. No iba a consentir que un payaso resentido con el mundo armado con un hacha me asustara en mi propia casa. Podía ser un fracaso como mujer y ayudante de taxidermista, pero nadie me podía llamar cobarde. Hurgué en mi bolso y agarré la vieja lima de uñas que me regaló mi abuela el día en que encontré su botella de vodka favorita como si fuera un cuchillo y di otro paso. No pasó nada. Quizá solo eran imaginaciones mías. Cosas típicas de mujeres que viven solas sin un hombre que las proteja. Un paso más. Otro paso.
La puerta de la entrada se cerró de un golpe.
Un olor fétido a carne podrida y vestuario masculino me golpeó en la cara.
Y una manos calientes y húmedas como el calcetín de un adolescente me empezaron a acariciar las nalgas e iniciaron el camino que conducía a mis pechos y mi cuello.
- Vaya, vaya - una voz grave jadeó en mi oreja mientras su entrepierna se frotaba contra una parte de mi cuerpo que solo podía tocar cierto tipo de papel muy especializado y del que una señorita no habla-. Me habían dicho que eras una muchacha muy jugosa, pero no me imaginaba hasta que punto. Me muero de ganas de escurrirte en mi boca y beberte.
- No me haga daño, por favor. Le daré todo el dinero que tengo y todos los objetos de valor.
- Sí te haré daño. Mucho daño. Me pagan para eso. Para hacerte daño, arrancarte el corazón y las vísceras y luego matarte.
¿Había dicho que le pagaban? ¿Quién querría hacerme daño?
- Pero antes de arrancarte los brazos y hacértelos tragar, me voy a divertir un poco y explorar qué placeres puede darme una humana. A parte de calmar mi sed, claro.
Se apretó más a mí y sentí su duricía intentando taladrar mis pantalones. Dominada por el pánico apreté la lima en mi mano y recordé las palabras de mi maestro de lucha budista en el barro que me acogió en su comunidad cuando estudiada arte precolombino en Bangkok.
Utiliza tu belleza como un arma. Clava, aprieta, retuerce y sonríe. El barro es parte de ti. Recuerdalo siempre. Ahora ajústate el tanga y haz que esa guarra se trague sus dientes.
No tenía belleza, pero sí una lima de uñas.
Con un movimiento enérgico clavé la lima en su pierna. Sus gritos atronaron mis oídos. La retorcí y cuando sentí que me liberaba de su lascivo abrazo me separé de él. Tiré de la lima, me di la vuelta y volví a clavarla a la altura de donde supuse que estaba su rostro. La lima encontró una pequeña resistencia  pero enseguida ésta cedió y mi improvisada arma se hundió. Un líquido viscoso y cálido resbaló por mi mano.
- ¡Hija de perra! ¡Zorra! ¡Mi ojo preferido!
Saqué la lima de su ojo y corrí hacía la entrada. Abrí la puerta y salí al abrazo de la noche. En mi huida pisé sin querer el cadáver del perro.
Adiós a mis zapatos favoritos.

Corrí y corrí con las dos piernas como nunca. A mi espalada oí un grito de dolor y rabia y una voz rota que gritaba mi nombre y prometía producirme el mayor dolor que una zorra como yo podía soportar. Y el ruido de alguien que había emprendido una persecución. ¿Qué pasaba en mi vida? ¿En qué se había convertido? En un par de días, mi aburrida y tranquila existencia se había convertido en una cruel parodia de cualquier novela de vampiros que devoraba mi abuela entre tragos de mezcal y quejas de que ya no había no muertos como aquellos. Detrás de mi oía sus pasos cada vez más rápido y más cerca.
¿Dónde podía ir? La casa de mi abuela estaba aislada del pueblo. Entonces recordé una cabaña al otro lado del lago donde vivía el bueno de Fred, mi vecino más cercano y el único amigo que había tenido mi nanny. Era un buen hombre que rondaba los setenta, pero que aun podía presumir de cierto espíritu juvenil al conservar todos sus dientes de leche. Le gustaba vestirse de cuero, conducir una vieja scooter restaurada e ir de caza a los bingos de moda. Claro que todo esto fue antes de que explotara su laboratorio de metanfetaminas infantiles y se volviera algo excéntrico. Hacía años que no salía de su casa. No quería ver a nadie y se alimentaba de los topos que saqueaban su huerto urbano en pleno campo. Corrí recordando aquellos dorados días de instituto en los que competía en marcha atlética y forcé mi cuerpo. Por suerte conocía aquel bosque como la palma de mi mano lo que me dio una ventaja sobre mi perseguidor.
Tras unos minutos de carrera vi a lo lejos la pequeña cabaña de Fred. Y me permití una sonrisa al ver la ventana iluminada. Llamé a su puerta. Era mi única oportunidad. A pesar de su herida en la pierna, mi asaltante estaba cada vez más cerca.
- Fred, por favor. ¡Fred!
Silencio. Golpeé con fuerza con mis puños.
- ¡Fred! ¡Ayuda!
- ¿Quién llama a estas horas a la puerta de un pobre viejo?
- Yo, Fred.
- No sé quién eres. Déjame.
- Por favor, Fred. Por favor -. Volví a golpear la puerta mientras empezaba a oir la respiración de mi perseguidor.
- Te advierto, desconocida, que tengo un perro armado aquí dentro. Es un asesino y le encanta comer jovencitas que molestan a viejos que esperan la muerte viendo vídeos de aeróbic. Guau, guau, guau.
- Por favor, soy yo. Me conoces. Recuerda. Soy yo.
- ¡Arma tus misiles, Sandoval, perrito bueno! Chic-chic. Te está apuntando a la cabeza, niña. Déjame solo con mis recuerdos y mis bebidas isotónicas.
- Fred. ¿No me digas que no me conoces? Soy Derrota, la nieta de tu buena amiga Cansancio.
- ¿Cansancio?
- ¿Te acuerdas de ella? Siempre te llamaba viejo bobo y te disparaba con su escopeta de perdigones.
- Cansancio... ¿Por qué no lo has dicho antes, niña?
Abrió la puerta y entré en su casa.
- Cierre, Fred. Por favor, cierre.
- ¿Qué pasa, niña?
Una figura con la cara ensangrentada se cernió sobre el porche.
- ¡Cierre!
Fred cerró la puerta con la puerta con llave.
- ¿Dónde está su perro, Fred? Diga que venga y que dispare sus misiles.
Golpes y más golpes. Gritos. Chillidos.
- No hay tal perro, niña. ¿Qué sucedes? Voy a llamar a la policía.
- No - dije -. A la policia, no. ¿Qué podríamos decirles?
- ¿Qué un loco nos está atacando?
- No, por favor.
Pero no me hizo caso. El ruido que hacía mi atacante en el exterior era ensordecedor y Fred tuvo que alzar la voz para hacerse oír.
- Sí, un pirado está golpeando mi puerta. Según parece estaba persiguiendo a Derrota... sí, la nieta de Cansancio... sí... parece que sí... muy guapa, en efecto.
Viejo loco, pensé.
Colgó.
- Ahora envían a alguien.
- ¿A quién?
- A Álex, creo.
- Álex...
- ¿En qué lío te has metido, niña?
- No lo sé.
Los golpes cesaron de repente. Nos miramos. Quizá todo había acabado y no era más que un susto o una broma de mal gusto. Fred me sonrió y abrió los brazos.
- Ya ha pasado todo, niña.
Me acerqué a él. Necesitaba un abrazo y una sonrisa.
Una de las ventanas estalló y una piedra me golpeó en la cabeza. Los vidrios volaron por la estancia y sajaron parte de la cabeza de Fred. Su viejo y amable rostro estalló como un tomate y salpicó de sangre sus fotos de joven, las paredes y mi rostro. Parte de su cabeza se separó y largos mechos de cerebro se deslizaron por su cara como las lágrimas de un joven amante despechado. El cuerpo de Fred cayó al suelo y empezó a morir mientras entre mis temblorosas manos sostenía parte de su cabeza. La acuné entre mis brazos como si fuera una muñeca y caí de rodillas al suelo. Estallé en sollozos. ¿Por qué me estaba pasando todo esto?
El sonido de una sirena de policía rompió la noche.
- ¡Derrota Hawkins! - esa voz que había aprendido a temer y odiar -. Esto no ha acabado aquí. Volveremos a vernos.
Oí unos pasos que se alejaban dejándome sola en medio de un charco de sangre con el cadáver del bueno de Fred y con la sensación de que mi vida se había metamorfoseado en otra cosa y que esta cosa no era una silla.
Un coche frenó en la calle.
- ¡Hola! - dijo una voz que conocía muy bien -. ¿Derrota, estás bien?
Era Álex. Mi buen amigo Álex. El gordito, torpe y gafotas de Álex que solía quedarse los sábados por la noche en mi casa y que me dejaba hacerle trenzas y fingir que era la hermana pequeña que siempre había querido tener. Necesitaba tanto volver a aquellos buenos tiempos. No lo había visto desde mi regreso a Contrades. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que una mezcla de vergüenza, pudor y respeto por un pasado que creía perfecto.
Pero el hombre que abrió la puerta de una patada no era el Álex que recordaba. Había dejado de ser el chico tímido al que los profesores llamaban barrilete para convertirse en un apuesto muchacho con espalda de nadador y rasgos duros, pero suaves que recordaban las estatuas que ayudé a restaurar en Grecia.
- ¿Qué ha pasado Derrota? - y una pequeña sonrisa afloró en sus labios.
- No lo sé -. Y era curioso porque a pesar de la sangre y su olor metálico, del miedo,  de los efluvios que habían manchado mis bragas, solo podía pensar si Álex querría seguir siendo mi amigo tras verme tan despeinada.

CONTINUARÁ...